martes, 20 de diciembre de 2011

Resistir ~ Capítulo 1 "Reencuentro"

El sol acarició mi rostro despertándome y haciéndome salir de ese hermoso mundo de los sueños para volver al infierno. El reloj marcaba las 7.30 am, lo que significaba que debía levantarme antes de que Pablo lo haga, no tenía muchas ganas de enfrentarmelo.
Como todas las mañanas salí en puntitas de pie del cuarto de invitados para dirigirme al vestidor y frente al espejo empecé a examinar mi cuerpo. Los moretones de la semana pasada que tenía en el brazo ya casi no se veían, nada que un poco de maquillaje no pudiera ocultar, así que hoy ya podría volver a usar mangas cortas. Fue incómodo tener que vestir de manga 3/4 en verano, una vergüenza que se vieran perfectamente los dedos de mi marido, cinco dedos amoratados sobre mi piel clara. Luego de vestirme, pasé al tocador para tapar las angustias que llevaba encima, agarré mi cartera y me fui a la oficina.
-Buenos días Sra. Alberti, su desayuno está en sobre su escritorio como siempre-dijo gentilmente mi asistente.
-Buen día Graciela, y gracias.
-¿Se le ofrece algo más?
-No, gracias, puedes ir.
Me senté ya más tranquila en mi silla a desayunar. Por el gran ventanal que daba a la calle podía ver a los demás oficinistas que corrían entre los coches con sus maletines para no llegar tarde. Miraba a la nada cuando sentí unos golpecitos en mi puerta.
-Disculpe Sra., pero vengo a verificar si la reunión con el personal se llevará a cabo esta tarde.
-Emm, sí sí, claro Graciela. ¿A las 3, no es cierto?
-Así es, cuando regrese del almuerzo le dejo los papeles sobre su escritorio-dijo y se fue muy atareada la pobre, siempre tan eficiente y discreta.
Me volví hacia mi escritorio y prendía mi notebook leía los papeles repasando el caso Martínez. Se habían separado hace 2 años y el padre no le pasaba la manutención de su hija. ¿Porqué tienen hijos si luego no van a hacerse cargo?
Estuve toda la mañana revisando hasta el último detalle para la semana que vendría ya ganara el caso y terminarlo de una vez por todas. 
Se hicieron la 1 y salí a almorzar afuera al restaurante que estaba a unas pocas cuadras del edificio  , el restaurante donde servían los platos más deliciosos que jamás podría probar. Iba caminando distraída, pensando en la discusión de anoche con Pablo cuando de repente me encontré desparramada sobre la vereda y sobre mí un hombre. Un hombre de cabello negro, y muy hermoso por cierto, sus ojos verdes me miraban con disculpa y yo no sabía porqué. Sus labios carnosos se movían como si dijeran algo..
-¿Se encuentra bien? Señorita..-su voz gruesa, ¿me hablaba a mí?
-¿Eh? Sí.. No se preocupe-dije mientras él me ayudaba a levantarme- Estoy bien.
-No sé cómo disculparme, permítame invitarla a comer.
¿QUÉ? ¿Yo, comer con un hombre que no fuera mi esposo? ¿Con un extraño? Pero, ¿qué me pasaba, porqué dentro mío decía que sí?
-No, está bien, no se preocupe ya almorcé-mentí, como para no salir de la costumbre
-Qué pena, igualmente no era necesario salir hoy.
Un silencio se apoderó de nosotros, mi cabeza iba a mil revoluciones por minuto tratando de buscar la respuesta que esperaban esos ojos verdes. Él no se había impacientado ante mi silencio, y se sentía raro que un hombre no reaccione frente a mí por eso.
-Supongo que... otro..día estará bien..-apenas me salían las palabras
-¿Está bien si le dejo mi tarjeta?
-Claro-dije al mismo tiempo que la tomaba

-Un gusto chocarse con usted-lo único que pude hacer ante su beso en mi mano fue sonreír torpemente
Cuando leí el nombre en la tarjeta me volví para preguntarle si de verdad él era Alejandro, ya no estaba. Su apellido me llamó la atención, no estaba segura pero quizás lo conocía. Me fijé bien si se había ido y continué viaje al restaurante. De vuelta en la oficina me quedé pensativa, casi ni presté atención a la reunión en la que estaba presidiendo.
-Eliana, ¿qué opinás de todo esto?-interrumpió mis pensamientos el vicepresidente
-Eeh, sí, está bien, estoy de acuerdo-dije no lo bastante convencida de qué me estaba hablando
-Perfecto,-continuó- entonces los principales accionistas..
Yo volví a mis pensamientos. ¿Qué tal si era el Alejandro que yo conocía, con el que compartí tantas tarde y quizás los mejores momentos de mi vida, al cual rechacé por haber conocido a Pablo? Esa tarjeta no podía ir a mi casa, debía quedarse en algún cajón de mi escritorio, no podía dejar que Pablo se enterara de este encuentro.
Marqué el interno de Graciela y le encomendé una tarea para los próximos días: recopilar todos los datos posibles de Alejandro Echeverría.


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Resistir


Las noches frías y de dolor no se borrarían jamás de mi mente. Los recuerdos de cada batalla y el sentimiento de agonía estaban presentes cada vez que una lágrima caía por mi mejilla. Una lágrima con sabor amargo al saber que nunca cambiaría y todas sus promesas quizás fueron pura mentira, solo una arma para conquistarme. Cuando todo se calmaba, me iba a dormir al cuarto de al lado poniendo llave para el otro día levantarme y fijarme frente al espejo del vestidor qué ropa sería la adecuada para tapar las huellas que el huracán había dejado la noche anterior. Mi rutina hacía poco más de 5 años que no cambiaba: levantarme antes que él para arreglar los vidrios rotos, perder tiempo frente al espejo ocultando con maquillaje la verdadera vida que llevaba e irme al trabajo con la mejor sonrisa fingida. En la oficina, mi asistente ya casi ni me preguntaba sobre los lentes de sol o sobre cómo me hice el esguince de la muñeca, supongo que ya se estaba haciendo una obviedad. 
Mi madre a duras penas llamaba a casa, no sé si mi plan de aislamiento de mi familia funcionó pero ya ni mi hermana mayor, con la que era más unida, venía a casa. No es que lo lamentaba, porque yo lo quise así y no podía permitir que me vieran en estas condiciones, era solo que los extrañaba, pero yo quería que enfrentarme sola al mostruo con el que convivía, nunca quise la ayuda de nadie. 
Monstruo. Sí, ese era el nombre que le cabía, un monstruo al que yo amaba desde el principio, que parecía tan ajeno y desconocido para la realidad que vivía todos los días. Todas las tardes, cuando yo llegaba de trabajar y tenía la cena lista, me sentaba en el sillón a esperarlo mientras miraba el álbum de nuestro casamiento, que de seguir viendolo se hubiera desgastado de tantas lágrimas que recibía. Tal vez lo miraba esperando que detrás de la puerta aparesca ese hombre enamorado e incapaz de hacerme infeliz con el que me casé, y que la esposa que lo recibiera fuera una mujer alegre y llena de sueños, pero el hombre que pasaba por esa puerta todas las noches era un hombre era más parecido verdugo que con una mirada me transmitía todo su odio, como si hubiera sido un terrible error haberme elegido para ser su esposa y la mujer que lo recibía lo saludaba apenas de lejos como un perrito al que maltratan pero que siempre vuelve a su dueño, porque sabe que es que le da de comer, aunque no sea todos los días, y que si estuviera en la calle no sería nada de él. 
¿Cuándo acabaría todo esto? Ya estaba cansada, no solo de los golpes, sino de esta inventando historias para ocultar a todo el mundo lo que pasaba dentro de mi casa, historias que eran descabelladas pero al final todos los detalles concordaban. Algo que había aprendido bien fue a mentir con bastante credibilidad. No era tanto el cansancio físico lo que me hacía caer, era mi alma lo que me pesaba. 

¿Cómo fue que llegué a esto?


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