Las noches frías y de dolor no se borrarían jamás de mi mente. Los recuerdos de cada batalla y el sentimiento de agonía estaban presentes cada vez que una lágrima caía por mi mejilla. Una lágrima con sabor amargo al saber que nunca cambiaría y todas sus promesas quizás fueron pura mentira, solo una arma para conquistarme. Cuando todo se calmaba, me iba a dormir al cuarto de al lado poniendo llave para el otro día levantarme y fijarme frente al espejo del vestidor qué ropa sería la adecuada para tapar las huellas que el huracán había dejado la noche anterior. Mi rutina hacía poco más de 5 años que no cambiaba: levantarme antes que él para arreglar los vidrios rotos, perder tiempo frente al espejo ocultando con maquillaje la verdadera vida que llevaba e irme al trabajo con la mejor sonrisa fingida. En la oficina, mi asistente ya casi ni me preguntaba sobre los lentes de sol o sobre cómo me hice el esguince de la muñeca, supongo que ya se estaba haciendo una obviedad.
Mi madre a duras penas llamaba a casa, no sé si mi plan de aislamiento de mi familia funcionó pero ya ni mi hermana mayor, con la que era más unida, venía a casa. No es que lo lamentaba, porque yo lo quise así y no podía permitir que me vieran en estas condiciones, era solo que los extrañaba, pero yo quería que enfrentarme sola al mostruo con el que convivía, nunca quise la ayuda de nadie.
Monstruo. Sí, ese era el nombre que le cabía, un monstruo al que yo amaba desde el principio, que parecía tan ajeno y desconocido para la realidad que vivía todos los días. Todas las tardes, cuando yo llegaba de trabajar y tenía la cena lista, me sentaba en el sillón a esperarlo mientras miraba el álbum de nuestro casamiento, que de seguir viendolo se hubiera desgastado de tantas lágrimas que recibía. Tal vez lo miraba esperando que detrás de la puerta aparesca ese hombre enamorado e incapaz de hacerme infeliz con el que me casé, y que la esposa que lo recibiera fuera una mujer alegre y llena de sueños, pero el hombre que pasaba por esa puerta todas las noches era un hombre era más parecido verdugo que con una mirada me transmitía todo su odio, como si hubiera sido un terrible error haberme elegido para ser su esposa y la mujer que lo recibía lo saludaba apenas de lejos como un perrito al que maltratan pero que siempre vuelve a su dueño, porque sabe que es que le da de comer, aunque no sea todos los días, y que si estuviera en la calle no sería nada de él.
¿Cuándo acabaría todo esto? Ya estaba cansada, no solo de los golpes, sino de esta inventando historias para ocultar a todo el mundo lo que pasaba dentro de mi casa, historias que eran descabelladas pero al final todos los detalles concordaban. Algo que había aprendido bien fue a mentir con bastante credibilidad. No era tanto el cansancio físico lo que me hacía caer, era mi alma lo que me pesaba.
¿Cómo fue que llegué a esto?
~
~
Ana...
ResponderEliminarComo me recomendaste acá estoy!!
Leyendo tus escritos, bastante bien... me gusta aunque desolador, veremos como se desarrolla esta historia enigmatica...
Besos!!
Axavenus